domingo, 14 de septiembre de 2014

Eduardo Mileo



Tríada poesía, noviembre de 2005



Bitácora

Mi infancia son lejanos recuerdos del barrio de Villa Pueyrredón, en Buenos Aires. Veo aún la carreta con canastos de mimbre, sillas, plumeros, trastos de todo tipo. Veo los caballos abonando el pavimento, los adoquines enloquecidos de sol, la fina hierba creciendo entre las piedras. Terrenos baldíos, como el ocio, enmascarados por el pequeño trajín público, los pocos vecinos, el olor de la noche con grillos y luciérnagas.
Parece mentira, pero esto sucedía en la ciudad hace cincuenta años. Ahora el paisaje es más vertiginoso: el elástico neumático ha reemplazado a la rígida rueda de madera; la fibra óptica cruza a latigazos el cielo ciudadano, las autopistas elevan su sordera sobre el bullicio.
En estos años he vivido. He visto el desembarco del hombre en la luna cuando era un adolescente que recién se iniciaba en los misterios del lenguaje, y en otros misterios no menos lingüísticos. Pero también desembarqué en la tierra cuando descubrí el marxismo y vi en Trotski al heredero de esa maravillosa teoría de la liberación, de esa verdadera encarnación de la historia humana. Desde ese momento he luchado por eliminar la explotación del hombre por el hombre.
Mi infancia literaria data de esa época, y se completa con la edición de varios libros -quizá demasiados, diría Borges-: Quítame estas cruces, de 1982; Tiendas de campaña, de 1985; Puerto depuesto y Dos épicas (éste junto con Alberto Muñoz), ambos de 1987; Mujeres, de 1990; Misa negra (una obra teatral escrita con Alberto Muñoz), de 1992, Poema del amor triste, de 2001; Poemas sin libro, de 2002 (Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes); Muro con lagartos, de 2004; y la segunda edición de Mujeres, corregida y aumentada, de 2005; estos últimos cuatro en Ediciones en Danza, el sello de poesía que dirijo junto a Javier Cófreces y Alberto Muñoz.
Incursioné también en la canción: integro un dúo con mi hermano Raúl, un gran compositor. Juntos hemos dado a luz un disco compacto titulado A boca de jarro, con canciones de nuestra autoría, y comenzaremos a grabar otro, Irala, sueño de amor y de conquista, que cuenta la conquista española en América como una gran metáfora de la conquista en general: de tierras y de poder, pero también la amorosa.
La actividad política y gremial sigue siendo una de las tareas que más me ocupa: soy miembro de la agrupación LuchArte (artistas y trabajadores de la cultura en el Polo Obrero) y de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA).
Éstos son, creo, mis hechos fundadores. Sobre ellos se basa mi obra. Pero mi vida no sería lo que es sin la presencia de mis hijos: Ana, Gabriel y Rafael. Ellos son la obra que se hace a sí misma y constantemente me recrea.
 



Poesía


No, no puedo definir qué es la poesía, ni en términos metafísicos ni en términos utilitarios; aunque a lo largo de la historia se le asignaron funciones de celebración de los dioses, expresión de la belleza y otras, me inclinaría a creer que, si para algo sirve la poesía, es para mantener las cosas enteras.

Podría decir, quizá con mayores probabilidades de éxito, qué me produce la poesía. Lo que por un lado es vacío -lo que escribo se aleja en ese momento de mí-, por el otro es plenitud: nombrando al mundo me completo. Lo que es oscuro y me pierde, laberinto de mí, se vuelve luminoso y claro, espacio abierto. Generación de la mudanza, lucidez del instante, secreción visceral de la conciencia, grito ensimismado, apocalíptica visión del paraíso, cactus, desierto, inundación, potencia, fracaso de la inercia, tormenta en reposo, sexo de los dioses, pájaro del deseo.
La poesía es concentración, y en ella las cosas se manifiestan como extractos, se expresan como agujeros negros de sentido. La melodía verbal se ajusta en ritmos que combinan frases y silencios y que, en algunos casos, producen la armonía de versos simultáneos. De todos modos, los armónicos de ciertas palabras resuenan en la cámara natural del silencio poético, pueblan de coros el vacío.
La belleza que ofrece la poesía -aunque no pueda ser definida- es una belleza personal, porque la poesía nos hace bellos y, en ese trance, nos vuelve dioses de nosotros mismos. Pero en esa operación en la que participamos todos, como poetas o como lectores, la poesía nos hace universales, nos convierte en universo. 
Es por eso que, entre todas las cosas, la poesía une mis fragmentos, me establece en la categoría de lo humano, de lo que es capaz de amar. Ante la poesía quedo perplejo: me obliga a mirarla de frente, me impide mentir; soy los que soy sin ambages. Me une y, por tanto, me libera: me pone dentro de mí. Al volverme humano, me desaliena, me corta la retirada, me ubica en la tierra, me da realidad. Por eso también me eleva en un único cuerpo con los que luchan, me solidariza con los trabajadores, porque soy uno de ellos, me da el coraje de sentir que soy muchos, y de combatir con todos ellos por otro mundo que -no tengo dudas- está en éste.
Íntima religión, la poesía es cosmos revelado; anatomía del instinto, es una ética que se hace al andar. Con la poesía desaliento el olvido, diluyo el silencio, habito el universo, invento el amor.



Autores

Hablar de las influencias es contar la vida. Entre ellas, las más ricas son, sin duda, las que han quedado grabadas a fuego en la inconsciencia, pues ellas nos permiten, conjugadas con las que se ha elegido, madurar una voz.
Todas las influencias son literarias: todas se transforman en relatos, se aúnan para hilar una historia. Desde la más remota infancia, desde el origen más oscuro de la lengua, la que uno habla, todas las palabras han tenido un enorme valor formativo: no hay más que ver a un niño en el trance de aprender a hablar para entenderlo.
Por eso, si se trata de elegir tres poetas, prefiero entenderme con los que amo. Aunque son mucho más que tres, y los hay de todas las épocas, voy a elegir a tres que he leído mucho y apasionadamente, y, aunque no haya en mi poesía ninguna traza evidente de su presencia, me han marcado en la piel y en la memoria. Serán tres poetas que escriben en castellano: cada vez detesto más las traducciones; salvo honrosas excepciones, son, en general, muy malas, pues no atienden casi a los recursos de la poesía y se limitan a una prosaica literalidad: 
Beatriz Vallejos, Jorge Leonidas Escudero y Francisco Madariaga.



Poemas de Eduardo Mileo


De "Poemas sin libro"



De la sección "Héroes"

El mariscal Von Hindenburg
observa el rango de un cañón dieciochesco
con el brillo con que miran
dos ojos a punto de quedar ciegos.
Canturrea unos versos
que oyó a su abuela en la tina de baño.
Está a punto de llorar.
Cree, a su pesar, que se ha perdido el honor
de la lucha cuerpo a cuerpo.
Cree, también, en la historia como arma.
El mariscal se acerca a la boca del cañón
con la frente nublada por presagios.
Introduce la mano, luego el brazo,
una pierna, el cuerpo entero.
En su fetalidad de hierro se siente
una virgen casta, y sueña.
Un ave ha rozado el cuello
de su abrigo con el pico.
La mira
y el ave sonríe
con el rostro de su abuela
y le aconseja llevar echarpe,
guantes y calzado forrado.
Von Hindenburg llora.
Su abuela lo contiene con los ojos.
El ave desaparece 
uniéndose a la bandada.
El mariscal guarda
sus juguetes más queridos
en una bolsita y
penetra en la batalla.


Corpus Christi

No tengo ideas.
No siembra en mí su algarabía
el mundo celebrado.
No baja el cielo santo a prosternarme.
El agua ya no aclara 
mis manos de sequía.
El fuego me ha quemado.
La noche ha consumido mis banderas.
No estoy tranquilo
sino agotado.
Tengo las manos abiertas para nadie.
¿Qué viento ha dejado de empujarme?
¿Qué abandono de Dios
me crucifica?
Yo
que contengo la fe de lo que existe
no tengo ideas.
Y no hay penitencia que devuelva la pasión.
Hace falta un 
corazón para estar vivo.


Nocturno

El cielo está armado.
La tierra está armada.
El fuego.
El agua viva.
Aquí está tu coraza.
Mi espalda de timbales.
Aquí la noche líquida
incandescente
oscura.
Aquí mi corazón:
en la batalla.
Y tú
como mi suerte
estás echada.


Agua bebida
A Irene Gruss

No sé hablar.
Me despierto alejado.
Trastabillo en mis pasos.
Inadecuado espejo de lo que podría
soy los que soy:
no me reparto.
Hasta aquí llegan luces
de horizontes oscuros.
Letanías de lobos.
Aullidos de luna llena.
Por aquí pasó alguien
a mojarme los ojos.
Pero no sé decirlo.
Dentro de mí hay una agua,
un silencio de campana.


La raya muerta
A Raúl Mileo

En su ademán inmóvil suspendida,
aparición en el alud de espuma,
esperando ya no,
desesperada,
la raya muerta.
Encadenada a su espejo de arena
como los astros a su elipse, quieta,
cielo de bocas entreabiertas,
la raya muerta.
Muerta sin fin, sin alas, ciega.
Pájaro de tierra.
El mar la cubre y la descubre. Juega
con esa niña sin muñecas.

Para la luz del sol.
Para una catedral de luz desierta.
Para la vida sin la vida. Huella.
Vuelo de hondura de la raya muerta.
Raya no de diálogo. 
De fin.
Página suelta.

Rumor de mar.
Amores en América
desaparecen de su puerta.
Brilla el frío solar y apaga el cielo.
Abre los ojos la raya muerta.
No raya de pasión.
No de quimera.
Ni de alegría ni de esperma.
Virtud del agua que en el agua queda.
A su salud postrera,
el ojo del crepúsculo se incendia.

Raya sin alas.
Pájaro de guerra.
Murió de un pescador que vive en pena.
En el fondo del mar
la vida late.
Pero es del aire lo que vuela.




Poemas del libro "Mujeres"

Cosas -dijo-
cosas que pasan.
Se abotonó el tapado y los cuchillos
del viento le tajearon la cara.
Respiró el hielo súbito y
se armó de valor.
Hay que ir de compras -dijo-:
comprar un corazón.

Tomó la hostia
con la punta de la lengua
y la empujó adentro de la boca.
Frescura
le daba el deshacerse 
del cuerpo santo
y honda garganta
la mística luna.
Bajó la cabeza
y entre todos
caminó por la nave central.
El órgano en el aire
celebraba
su cálida epopeya.


Besó
hacia un lado la boca y echó
la sombra dentro.
Frutal
como una lámpara
de labios entreabiertos.
Entregada al goce de temer.
No es ella quien jadea:
es su ventrílocuo.

Ella está sentada
frente a la ventana de su pieza de niña
y mira el jardín,
cualquier jardín de sus ojos,
para entrar en el verde.
No comprende aún,
en su inocente juego,
que alguna vez tendrá en su mano
la riqueza deslumbrada,
y se abandona a su deleite de sol,
a sus colores.
Está sentada pero vuela,
y el cielo es un silencio de sus ojos.
El viento es su guarida, porque sopla,
y lo que sopla no deja de vivir.
Cuando se cansa de tanta compañía,
ella desciende de sus tigres,
le da cuerda al reloj 
y mira lejos,
donde no alcanza la mirada.


Ella se hace merecer.
Deja la bolsa en la vereda y se maquilla
con un mínimo espejo
que refleja fragmentos
de su cara.
Se hace desear por sí misma
porque busca
un labio cuando quiere una ceja.
No llega nunca a verse entera.
El resultado es la incógnita,
la entera seducción.
Recoge luego la bolsa y camina
segura del impacto.
Si le rozan el codo comienza
una conversación.


Partió una nuez y entró
en el mínimo cerebro
con fruición oleosa.
Toda la boca le tembló en el contacto
seco de la fruta.
Saboreó
ese unísono coral del europeo
en la piel áspera
en la pulpa crocante y 
acaso húmeda.
Se deshizo en llanto.
Ella y la nuez en comunión.
El fruto ya
convertido en silencio.
La nuez es el aceite del olvido
-dijo
con una música que sonó irreal.



Poemas del libro inédito
"Extracción del agua de la niebla"


XXXIX

Es un día de fuego.
Estalla en los ojos
el sol de la cúpula
y es un incendio de odio la campana.
Cantan los fieles una fe que se apaga.
San Cayetano tiene la espiga marchita.
Pero bailan como alambres
las filas de fidedignos,
las columnas encendidas de la grey.
Es un día de fuego
porque hay fuego en los ojos
porque es de fuego el rostro que confía.
Es de fuego y tiene hambre.
La sombra no se come.
Ya no se bendice el agua.
Dios no tiene perdón.
El que está sin amor
o el que está sin trabajo
abandona la fila de creyentes
y camina junto a las paredes
escritas por los herejes.



XXXV

El sin trabajo huele a quemado.
Su aspecto de sí mismo
lo descubre ante el mundo.
Ha pateado la calle
y en la calle latas,
tapitas sin botella,
cartas 
que algún despechado hizo bolitas.
Como el amor se come con champán,
el sin trabajo no piensa enamorarse.
Pero vivaces
sus ojos se despiertan
cuando huele en el aire.
El sin trabajo cree en el humo
de las gomas encendidas.



Tríada poesía, noviembre de 2005


No hay comentarios.:

Publicar un comentario