domingo, 14 de septiembre de 2014

Macky Corbalán




Tríada poesía, septiembre de 2005


Poesía

Lo es todo. ¿Explicar un poco más, ampliar la respuesta? Bueno, pues, todo.
Una experiencia vital, como respirar o leer. Una manera de pararme 
en el mundo, de mirarlo, de significarlo, de volver a significarlo, de intervenir en él. Y también, la posibilidad de vislumbrar esos otros mundos que están en éste y recorrerlos con alguna desenvoltura.
Puede parecer desatinado, pero muchas veces -en general, estando en ese estado de "lucidez poética" que suele preceder a la escritura-, tengo la insana idea de que el poema ya existe y yo no sólo debo "descubrirlo" sino también descubrirlo correctamente y además, crecer para volverme un "instrumento" adecuado. Lo dicho, desatinado, incluso si es Sophia de Mello, la delicadísima poeta portuguesa quien asegura que:
"La poesía no me pide exactamente una especialización porque su arte es un arte del ser. Tampoco es tiempo o trabajo lo que la poesía me pide. No me pide una ciencia ni una estética ni una teoría. Más bien me pide una entereza de mi ser, una conciencia más honda que mi inteligencia, una fidelidad más pura que aquella que puedo controlar.
Me pide una intransigencia sin pausa. Me pide que arranque de mi vida que se quiebra, gasta, corrompe y diluye, una túnica sin costura. Me pide que viva atenta como una antena. Me pide que viva siempre, que nunca me olvide. Me pide una obstinación sin tregua, densa y compacta.
Porque la poesía es mi explicación del universo, mi convivencia con las cosas, mi participación en lo real, mi encuentro con las voces y las imágenes. Por eso el poema no habla de una vida ideal, sino de una vida concreta: ángulo de la ventana, resonancia de las calles, de las ciudades y de los cuartos, sombra de los muros, aparición de rostros, silencio, distancia y brillo de las estrellas, respiración de la noche, perfume del tilo y del orégano.
Es esta relación con el universo la que define al poema como poema, como obra de creación poética. Cuando solo hay relación con una materia, hay solo artesanía.
Es la artesanía la que pide especialización, ciencia, trabajo, tiempo y una estética. Todo poeta, todo artista, es artesano de un lenguaje. Pero la artesanía de las artes poéticas no nace de sí misma, es decir, de la relación con una materia, como en las artes artesanales. La artesanía de las artes poéticas nace de la propia poesía a la que está esencialmente unida. Si un poeta dice "oscuro", "amplio", "barco", "piedra", es porque estas palabras nombran su visión del mundo, su ligazón con las cosas. No fueron palabras escogidas estéticamente por su belleza, fueron escogidas por su realidad, por su necesidad, por su poder poético de establecer una alianza. Y es de la obstinación sin tregua que la poesía exige, que nace el "obstinado rigor" del poema.
El verso es denso, tenso como un arco, exactamente dicho, porque los días fueron densos, tensos como arcos, exactamente vividos. El equilibrio de las palabras entre sí, es el equilibrio de los momentos entre sí. Y en el cuadro sensible del poema, veo hacia dónde voy, reconozco mi camino, mi reino, mi vida".
Vieron, nadie mejor que ella para explicarlo.


Bitácora

No sé si yo habré adornado la anécdota o lo habrá hecho ella, pero a mi madre le gusta recordar mi nacimiento así: fue en el dormitorio que daba a un jardín de rosas (rosas que ella miraba entre el padecimiento físico y la ansiedad), el día apenas decidiéndose a aparecer, y ella y la partera y, de pronto, yo, diminuta y gimiente, "sabiendo que me había equivocado".
Nací en Cutral Co, una ciudad de la provincia de Neuquén que supo hacerse famosa por sus levantamientos populares luego de que se privatizara YPF y se nos birlara un futuro digno; una ciudad otrora llamada "Barrio peligroso" fue entonces la cuna donde resulté mecida por la furia del viento patagónico y el andar compadrito de los cardos rusos, allá por un junio geminiano de 1963 (y como Fito, "tengo 200 años"); furia que circula aún y por siempre bajo mi piel.
Vivo en la actualidad en Neuquén capital, donde hube de radicarme, primero, por razones de estudio y de trabajo, más tarde. En la universidad me recibí de trabajadora social, pero trabajo como periodista. También, junto a mi compañera, Valeria, edito una boletina lésbico-feminista llamada "La sociedad de las extrañas" y formo parte de las "Fugitivas del desierto", lesbianas feministas de Neuquén.
De tanto en tanto doy talleres de poesía, hago traducciones de poesía en inglés para mi propio consumo (Ted Hughes, Anne Sexton, Carson Mc Cullers) y he publicado, hasta ahora, dos libros: La Pasajera de Arena (Tierra Firme, 1992) e Inferno (Tierra Firme, 1999), y hay uno más en la gatera.
En síntesis, soy poeta, neuquina, geminiana, lesbiana, de Boca y adoro a los animales, bichitos, pájaros, plantitas, piedras, aire, cielo, colores cambiantes del cielo, música, y otros mil etcéteras que me constituyen.



Autores

Influencias:
"Primero, fue el Verbo" y parece cierto nomás, por lo menos en estos temas tan pedestres. Tempranamente, los libros se convirtieron en mi distracción por excelencia (aunque nunca dejé la copa de los árboles, los techos desparejos, los portones altos, y toda otra altura que trepar; tengo cicatrices como testimonio de esta pasión); pero los libros (de aventuras, generalmente), las revistas, los comics se devoraban de un mordiscón la siesta sempiterna del pueblo. 
La poesía llegó también en la infancia, recuerdo claramente en el cuarto grado de la primaria, cómo me impresionó un poema de Irma Cuña (la poeta neuquina, fallecida hace un año): "Volveré porque el michay, ha ennegrecido mi boca/ y el que ha probado su fruto/ ya se sabe que retorna" decía, haciendo referencia a la "leyenda" que asegura que quien toma agua del río Limay o come michay (un fruto pequeñito cuyo jugo oscuro tiñe los labios) vuelve irremediablemente a Neuquén.
Más tarde, ya en Neuquén capital, y gracias a los oficios de mi amigo poeta, Raúl Mansilla, llegaría a mis manos César Vallejo. Vallejo fue para mí como abrir el cofre de Pandora sólo que en vez de males, salió la poesía francesa, norteamericana, italiana, latina. En especial, la voz de las poetas norteamericanas como Denise Levertov, Muriel Rukeiser, Anne Sexton, Emily Dickinson; y, especialísimanente, Alejandra Pizarnik.
Y desde entonces hasta ahora, el oído atento para seguir este puzzle misterioso de encontrar los/as autores/as que "necesitamos", justo cuando los/as necesitamos. Como la última, el nombre de Sharon Olds, su libro "Padre" llegando a mis manos, de la manera más inesperada.





Poemas de Macky Corbalán



DE "LA PASAJERA DE ARENA" - LIBROS DE TIERRA FIRME (1992)



Sappho

de los bosques tenebrosos
llevo lo sombrío

de la tarde soleada
su posibilidad nocturna



Vasca

desviada

desviada
sigo
por el camino correcto


Acaricio su rostro con el pie.
Su piel es fresca,
aún cuando afuera
puede oírse el alarido del aire
incendiándose.
Ahora interpone su cuerpo
entre la lámpara
y esto que la mira,
entonces la luz es una forma,
una delicada ondulación de la carne,
un eclipse presentido
y esperado por siglos.




3er mundo

El aroma de la carne asada
socava el mediodía de
los míseros,
enloquece sus glándulas
y, como los animales de Pavlov,
se agitan por más
cuando nada ha habido.



Las moscas,
inevitables en el verano,
como el calor que sofoca
al envolvernos en su membrana
sudorosa y anodina,
los frutos henchidos y rojos,
descomponiéndose en la acera,
y -enlazados por el talle-
las parejas de enamorados
que habrán de odiarse
el próximo invierno.




Monet


La mosca sobrevuela, interesada,
la gota de sangre
que brilla sobre el piso mugroso.

Zumba, se posa,
huele
el infierno de la carne.




El ómnibus cruza el paisaje,
como una flecha incontrolable;

en su interior,
la pasajera de arena
culmina una nota de adiós

y abre la ventanilla.




DE "INFERNO" - LIBROS DE TIERRA FIRME (1999)


HUMANOS

Leo en ellos como en páginas escritas.
Atravieso sus órganos opacos, su piel,
el susceptible hilado de los nervios.
Es lo de siempre, lo de cada época:
rencillas, acuerdos y desánimo. Una cosa
no entiendo: esa oscura,
repentina agitación
cuando recuerdan.




Algo clama por la atención del gato
que, desde su somnolencia, se yergue
y husmea el aire; como en el resto
de las cosas esenciales,
no hay nada allí que nosotros
podamos ver.




Fuera de esta habitación,
los perros inician su inacabable
perorata nocturna, los gatos se hacen
uno con el muro y crece, 

en el mundo 

una jerga animal que no me es extraña:
sube por tus ojos antes
de tocar mi cuerpo.




Los lamentos, las sirenas,
los disparos,
son el sudor de esta
noche ardiente.
Los lamentos.
Las sirenas.
Los disparos.
Dios respira con dificultad
en la cama de mis padres.



Estoy lejos,
en la orilla, pero aún así
alcanzo a ver:
camina sobre las aguas
encrespadas,
distraídamente. Un paso sucede
a otro, y su espalda se encorva
por el peso del milagro;
se nota.
No quiere no caer;
en la angosta calleja de
una sola dirección que es
su mente, desea
hundirse como cualquier cristiano,
hundirse,
hundirse. Y no tener que
pensar en duraznos,
dulces de frutillas,
mecanos de rosas,
chocolates con almendras -nunca con maníes-.
Algo más se agita en su alma
de tela rasgada: no debería hacer
sucumbir las leyes (las de la
física en este momento; las de la escritura,
más tarde, cuando se siente y escriba
del amor cuando aún sufre y no recuerda).
Qué más da.
Tarde o temprano deberá
salir del agua,
y quizás sea la tierra la que
se la trague, para no tener que ver
en su habitación,
las velas que arden alrededor
de esos huecos en la almohada vacía.



¿Quién se acerca
desde el vibrante labio del horizonte,
protegido por la cegadora luz blanca?

Quisiera creer que todos lo ven,
y lo esperan. (Pero ¿por qué lo pienso
en masculino? ¿Acaso mi mente puede leer
lo que se acerca y cuando esto es poderoso
lo imagina hombre?)
Miro a los costados,
nadie parece compartir mi digresión,
esta ansiedad, el aire de temor.

Se mueve detenido por la lejanía.
Aquí, en este lugar de la espera,
todo sigue igual: casas y tumbas se
chupan a los seres con igual codicia;
la piel se enciende en los sueños,
los sueños se acaban cuando empieza el día,
el día termina apenas abiertos los ojos.

Pero, ¿cuándo? ¿y ese gesto de los perros,
ese dejo de terror? Parecieran tener cajas en
la lengua y un movimiento
continuo en la cabeza
(dentro de la cabeza).

No hay nada: ni cámaras ni música ambientando
el final feliz. No hay final feliz.
No hay aliento, no hay afuera,
no hay siquiera UN intento
por anonadarse
con éxito.

Y quien viene,
sin llegar.



Entre morir
o vivir, elijo
callar.




POEMAS INÉDITOS
 

Regalos

1
Te di una piedra, fantástica
combinación de brisa, sol
marino, arena y tiempo.
Y creíste que te daba el corazón.


2
De apuro, con las ruedas de
la bicicleta apenas detenidas,
trajiste manzanas. Y seguiste,
rauda, el camino que no has
de cambiar. Pero, pequeña,
las manzanas eran rojas, brillantes,
abrían su corazón dulce al
mordisco, al ansia, a
la sed de mi urgencia.




Frutas e insectos

1
Muerdo el aire en que estuvo
tu boca, el vacío me devuelve
el aliento zumbón de los
muebles que miran, piadosos,
el abrazo asfixiante
del rechazo, esta otra piel
que arde sin sol que la toque.


2
¿Te dije o imaginé
decirte: abríme, horadame,
grabá tu nombre en
el revés de la piel?
¿Te dije o soñé decirte:
sé mi hormiga particular,
mi obsesivo insecto,
mi fruta firme, ácida
manzanita?


3
Esperé de vos y de mí,
ser una. Contra todos
los augurios y consejos,
que la vida y la muerte
nos tejiera con hilos
de transparente,
indisoluble unidad.

Únicas. Una. Ambas.
No éstas, dos, que cruzan la
calle para no saludar.



La llave

La miro con detenimiento,
con fruición. Es diferente: brilla
con luz y oscuridad, su forma
quiso parecer un corazón
pero quedó a la mitad.

Sonríe y mira.
"La llave de mi corazón" decís al
ponerla sobre mi mano,
y vuelvo a mirarla por si fuera cierto,
como si sólo debiera
elegir el momento, el modo de la entrada.

Creer en las palabras, en el
latir que las empuja hasta la dicción,
que lo que dicen es cierto,
de alguna manera.
Creer en lo que se ve, en lo que el cuerpo
recibe, agradecido, y que el sudor deja
más que sal piel adentro.

Antes que la religión, el amor
es materia de fe.



Zoo BA


Los animales miraban con asombro
los rodeos de nuestro cortejo: yo, torpe
con el cuerpo, acudía a las
palabras por si una vez pudieran
salvarme; vos, displicente y lejana,
ganabas cada batalla, con el decoro
de no mostrar triunfalismo
o entusiasmo alguno.



Mínima,
en el descanso de
la fe, tallé
un dios justo
a mi medida.



Esa mujer

Quisiera ver la nueva casa
llenarse de colores y que ella,
la que jamás supo de soledad
de gente, se sintiera acompañada.
Ahora sabe de esa soledad, pero no
de aquella que supo pegársele de
niña: con sombra, con juegos, con
amargos vientos en las piernas, se creía
acompañada, pero era nada más
la rojiza caricia
del sol en la siesta de la chacra.
Da pena el solo pensarlo. Ahora
anda por esos cuartos nuevos y
pone cosas aquí y allá, como si
esas cosas no fueran ella. Como si
fuéramos algo más allá de los objetos:
ese sillón arañado de gatos, las ropas
colgando desoladas en el aire del
patio, el balde de plástico abandono.


Se le llena la cabeza de las voces
del miedo, por eso apela a los juegos con
animales que le saltan y ensucian, ríe
fuerte, alto, piensa en comidas que
hará, en llamar a la radio por quejas
de todos, hace y rehace la cama que
ocupa sola.


Mientras pela redondas papas sucias
de tierra, piensa en cómo, de pronto,
todo se volvió cercano, accesible, incluso
la finitud. Más tarde, come a solas lo que
a solas, concibió.


¿Será así? ¿desde ahora todo hacia abajo si
abajo es resignación y vacío y muerte?


Las luces de patios vecinos se han apagado,
ahora ellos, esposos, amantes, niños, duermen
acunados, vigilados por el insomnio
intermitente de quien teme.
 

Toda quien es madre espera
no estar sola un día, esto no desmiente
las noches en vela, la vida entregada,
el aturullamiento de los sueños.


Ahora,
las plantas son hijos.




Tríada poesía, septiembre de 2005


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