domingo, 14 de septiembre de 2014

María Teresa Andruetto


fotografía: Juana Luján
Tríada poesía, enero de 2006





Bitácora

María Teresa Andruetto nació en Arroyo Cabral, Provincia de Córdoba, Argentina, en 1954. 
Estudió letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Escribió libros informativos, tales como El taller de escritura (en colaboración, Homo sapiens, 2003) y La Escritura en el taller (En colaboración, Anaya, en espera de edición), Fragmentaciones - Poesía y poética de Alejandro Schmidt (en colaboración, Ferreyra editor, 2004), las novelas La Mujer en Cuestión (Alcion editora, 2003, en proceso la traducción al italiano) Tama (Alcion editora, 2003) y Stefano (Sudamericana, 1997; traducida al alemán y al gallego), el volumen de cuentos Todo movimiento es cacería (Alcion editora, 2002), los libros de poesía Palabras al rescoldo (Ediciones Argos, 1993), Pavese y otros poemas (Ediciones Argos, 1997) y Kodak (Ediciones Argos, 2001), la obra de teatro Enero/Volver (Ediciones del Apuntador, en prensa) y numerosos libros destinados a jóvenes lectores, entre los que se encuentran El anillo encantado (Sudamericana, 1993), Huellas en la arena (Sudamericana, 1987), Dale Campeón (Editorial Sicornio, 2000), Solgo (Ediciones e.d.b., 2004), La mujer vampiro y otros cuentos (Sudamericana, 2001), Benjamino (Sudamericana, 2002), El país de Juan (Anaya, 2003) y Veladuras (Grupo Editorial Norma, 2005), El árbol de lilas (Editorial Comunicarte, en prensa), la colección de historias para primeros lectores Fefa es así (Altea, 2001/Alfaguara 2005).
Participó de numerosas publicaciones colectivas y sus poemas y cuentos han sido incluidos en numerosos sitios de internet y en revistas especializadas de su país y el extranjero y han sido parcialmente traducidos al francés, al italiano, al portugués y al inglés. Su narrativa y poesía se estudia actualmente en universidades italianas, chilenas y de Estados Unidos. Tradujo del portugués Rota de Colisao de Marina Colasanti (Ruta de colisión Colección Fénix, Ediciones del Copista, Córdoba, 2004) 
Recibió por su escritura entre otras distinciones los White Ravens 1994, 1998 y 2002 de la Internationale Jugendbibliothek de Munich, el Premio Luis de Tejeda 1993, finalista del Premio Sent-Sovi (ediciones Destino), obtuvo una beca para creación (año 1985/Fondo Nacional de las Artes) y el Premio Novela 2002 del Fondo Nacional de las Artes. 
Fue secretaria de redacción de Piedra Libre, revista especializada en literatura infantil/juvenil, fue miembro fundador de CEDILIJ (Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil- Córdoba) y co-dirige actualmente la colección Novelas/Cuentos/Poemas/Inclasificables de Ediciones del Eclipse.





Poesía



"Sólo enfermando al vecino, es como uno se convence de su propia salud"
Dice Dostoievsky en Diario de un escritor
Y Pascal dice:
"Los hombres están tan necesariamente locos que sería loco 
no estar loco".

(*)Cuando yo era chica, pasaba frente a nuestra casa, en la esquina de Mariano Moreno y Río Negro, todos los mediodías, un hombre con un pequeño paquete en la mano (se decía que le llevaba la comida a un hermano que trabajaba en el otro extremo del pueblo). Martinato se llamaba (o se llama, porque acaso viva todavía). Sin reloj, Martinato, para el asombro de los que por entonces éramos chicos, sabía siempre la hora exacta. Se decía que sabía la hora porque contaba los pasos, equivalentes a segundos. No sé si era así, pero si lo era, infiero que podía saber con exactitud acerca del tiempo porque a eso -al tiempo- le dedicaba todo su tiempo.

Muchos años después, ya convertida en una mujer grande, tuve por vecino en mi casa de Villa Allende, a un hombre a quien llaman el caminante. Desde los dieciocho años, edad en la que -eso dicen- murió su madre y él -uso estas experiones sin conocerlas del todo- "tuvo un brote psicótico", el caminante camina -con una gruesa campera, tanto en invierno como en verano- desde la mañana hasta la noche, desde su casa que está junto a mi casa, hasta el cementerio viejo de Villa Allende, y desde ahí otra vez hasta su casa.

No sé bien por qué estos episodios vienen juntos a mi memoria, acompañando a un tercero: un recuerdo antiguo, fundante para mí, que también tiene que ver con el caminar. Cuando era muy chica y apenas si sabía decir mi nombre me mandaron con un papelito en la mano (un papel escrito por mi madre) a hacer una compra. Supongo que porque era tan chica (o porque por primera vez me habían mandado a hacer una compra) yo temía perderme. Así que caminé mirándome los zapatos, en la creencia infantil -pero no demasiado lejana a la verdad- de que uno está donde están sus pies. Y de tanto mirarme los pies, me distraje de otros menesteres y me perdí. Me encontró el cartero, un hijo del Maestro Bono, me preguntó si mi mamá se llamaba Cleofé, me cargó en el canasto de las cartas que estaba adosado a su bicicleta y me llevó de regreso a casa.

¿Qué tienen en común un hombre extraño, un enfermo y una niña distraída? Qué los separa?
No sé si el recuerdo es tan vívido para mí porque llevaba en la mano la letra de mi madre, o porque descubrí que era hija de una mujer que tenía un nombre extraño, o porque quien me llevó a casa era el hijo del Maestro (había una sola persona en Oliva de quien pudiéramos decir: el maestro) o porque aquel hombre me puso en un canasto donde se llevaban los mensajes, o porque tuve conciencia por primera vez del extravío.
De hecho, Extravío es el nombre con que titulé un poema construido a partir de ese recuerdo, tantos años después. Si me permiten, voy a leerlo:

Aún no sabe decir 
su nombre y la han mandado 
(a lo de Rabachino,
a comprar harina, azúcar 
negra, polvo de hornear
).

Si lo hace bien, 
le darán 
(caramelos, estampitas, 
besos).
En el bar hay olor 
a hombres, y a vino viejo. 
También un piso 
flojo de madera, 
y ya está el miedo 
de pisar en falso.
Lleva un papel escrito
(en el hueco de la mano 
lleva la letra de su madre
).
Le han ordenado:
No te pierdas, y va mirándose 
los pies, cuenta 
los pasos.
Cree 
(...pero es una intuición 
oscura) que quien se mira 
los pies no se extravía.

Cuenta los pasos 
(y después las sílabas, 
los cuentos, las monedas
), 
con los ojos fijos en los zapatos, 
pero lo mismo se pierde 
en el recuento.

Ya lo dice el lenguaje popular: hay que estar bien plantado, hay que vivir con los pies en la tierra, no hay que dar el paso más allá de la pierna.... por contraposición a andar con la cabeza en las nubes, a andar volando, a ser un volado. Oscilación entre el deseo de extraviarse y el esfuerzo por seguir pegada una a la realidad. En ese oscilar que a veces asusta, que a veces abisma, está el momento de creación. Sé que hay límites entre la salud y la falta de ella (allí donde usted nada, ella se ahoga, le habían dicho a Joyce -creo que se lo había dicho Freud- en relación a su hija Lucía), pero ¿dónde están esos límites?, ¿hasta dónde uno puede extraviarse y regresar cuando quiere a casa?. ¿Hasta dónde alguien que transporta las palabras puede encontrarnos (o hacer que nos encontremos) y llevarnos consigo en su canasto hasta donde estemos a salvo?
(*) leído en ocasión del 90 aniversario del Asilo de Alienados Colonia Dr. Emilio Vidal Abal, de Oliva (Provincia de Córdoba), pueblo donde me crié.




Poemas de María Teresa Andruetto


Poemas de "Kodak", Ediciones Argos, 2001


Hamaca

Estoy en cama
(la enfermera 
se llama Erminda)
Por la ventana que da al patio, 
mi hermana pasa a bordo de una hamaca.
Pasan también las moras, el verano, 
las chicharras. Ha de ser octubre,
como esta tarde, o tal vez noviembre,
y el calor agobia, porque mi padre
que llega del trabajo, se ha soltado,
cosa extraña, la corbata. Yo estoy
en cama. Y Ana que pasa alegre,
viva, a bordo de la hamaca. 
Habrá sido de vidrio el aire, 
como esta tarde.


Marin´a *

Mi madre está dormida, con su solero 
de flores sobre la colcha (tiene el pelo 
tomado con invisibles, huele a agua 
colonia). Mi abuela se acerca, 
le dice algo al oído y lloran las dos.
La que ha muerto tenía las uñas 
amarillas, un misal y un relicario 
con pelos de Santa Cecilia.
Hay murmullo de rezos, 
una cama vacía, una pañoleta 
oscura, una taza de café 
(pasa el vapor todavía),
el piso de ladrillos,
la mecedora, las glicinas...

Alguien nos alzó
hacia el tufo de la muerta
(se llamaba Elizabeta),
para que viéramos.

(*) Madrecita, en piamontés, es también la palabra con que llamaban a mi bisabuela.



Paisaje

Le dijeron: verás el río
(ella llevaba un vestido con canesú), 
verás pajaritos y sauces 
(un vestido rosa hecho 
por su madre).
En el camino 
se largó un aguacero,
¡y ella estaba bajo un toldo 
con su vestido nuevo!
(cuando la lluvia acabó 
ya era tarde,
no encontró pajaritos ni sauces
y el agua corría por todas 
partes)
.



Lunes

Los lunes mi padre llegaba tarde
y traía chocolates amargos.
En la cama grande, mamá nos leía
La Cabaña del Tío Tom.
A nosotras nos gustaban los lunes,
nos gustaba llorar por tristezas
de cuento, sufrir por los negros
mientras comíamos chocolates
Suchard.



Citroën

Regresábamos en un Citroën 
rojo, desde una laguna de sal, 
un pueblo ahora de fantasmas,
a nuestra casa, en la luz. Y él 
cantaba, de viva voz, como 
nunca cantaba, voglio vivere 
cosí,con il sole in fronte,
 y 
mi madre y nosotras también 
cantábamos.



Desnuda en la tienda
No era coqueta
Era fuerte.

June Jordan

Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos 
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela. 
Nos metimos las dos en esa caja, 
entrábamos apenas.
Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón 
como una piedra, fuerte y fatal 
como una piedra.



Kodak

Yo miraba,
tras la lente de una Kodak 
con la que él sacó fotos de la guerra,
antes que la muerte disolviera 
sus pupilas y delegara en mis ojos 
el dolor de mirarme devastada 
por la ausencia.


Caballito
Eran una niña y su madre.
Esta piedra parece un caballo,
dijo la niña, 
y se hincó junto al agua.
La madre abrió las manos
y el caballito galopó 
hasta la página.


Poemas de "Autorretrato ante el caballete"

1.

Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo... la mano que va, 
que se desvela, desde el charco 
de luz hacia la tela.

2.
Lenta la pincelada oscura, 
el hijo del molinero 
tantea con ojos ciegos 
la espesura
hasta dar con la luz.

3.
Este rostro ya estaba 
debajo de la tela, estaba y carcomía 
con su podredumbre el retrato del joven 
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos 
desteñidos están los ojos arrogantes 
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste 
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.

4.
No es la pieza oscura donde pinta,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma.
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido,
ni el olor rancio del encierro.
Son los ojos que no encuentran 
a Saskia, a Hendrickje, al bienamado Tito;
los ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.

5.
Otros buscarán la nota pura,
la imagen que persiste, la tersura,
como buscan sus ojos en la tela
(es la mirada lo que abruma,
lo que desvela)

6.

También yo persigo una palabra 
oscura en los retratos de Saskia, 
en la ternura de Hendrickje, en la viva 
luz de Tito, y el aire de bondad, 
la carnadura de un hombre 
que se deshizo.


Poemas de "Pavese y otros poemas", Ediciones Argos, 1997

Esperar es todavía una ocupación. 
Es no esperar nada lo que es terrible
.
C.P. l5 de setiembre de l946.
Diario.

No vayas en noviembre

No vayas en noviembre al cementerio
cuando asesina la luz sobre las bardas,
ni vayas en febrero
cuando las bocas de la higuera sangran.
No vayas a esa tierra de álamos.
Los manzanares viejos no tienen brotes,
les ha bordado el viento la noche.


No se recuerdan los días, se
recuerdan los instantes.
C.P. 28 de julio de l940.
Diario.
Instante

Una turbulencia balancea 
las barcazas. La luz pinta el aire 
de amarillos y están cerradas 
las viejas puertas. Nadie 
en la pescara, ni las góndolas 
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

Estación abierta, retorno.
En la vida no hay retorno.
C.P. 30 de marzo de l948.
Diario.
Ahora que viene el tiempo de los pájaros

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura 
del almendro,
ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,
ahora que se agitan las polleras 
al murmullo de la brisa,
ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,
ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,
yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

Primavera de l992.
In memoriam Clara Crimberg.


Por qué a cada sobresalto...
te vuelven a la mente los troncos
y el río y la colina con la luna
detrás y el camino...?
C.P. l9 de agosto de l946.
Diario.
Lapataia/94
Caen sobre el camino los troncos
centenarios.Un zorro acecha. 
Más allá los manchones 
de las castoreras.
Somos nosotros los que vamos
bajo la lluvia, pero parece 
que nadie fuera, 
que nos hubiéramos hecho de aire 
entre las lengas.


Tu sei come una terra
che nessuno ha mai detto.
Tu non attendi nulla
se non la parola
che sgorgherá dal fondo
come un frutto tra irami.
La terra e la morte (l945-l946)
Entre los ramos.

Hay un olor a flores 
cortadas en el campo; 
con olor a chinitas salvajes 
van a verlos y el sudor las abrillanta. 
Es octubre y lastima la resolana 
entre los fresnos y el aire está tan quieto 
y es tan azul allá a lo lejos... 
Es domingo y yo no tengo dónde verte. 
Sólo esta palabra como un fruto 
entre los ramos y este olor salvaje 
que regresa, desde chicos ajenos 
y mujeres gordas 
con pañuelos. 



Poemas de "Palabras al rescoldo", Ediciones Argos, 1993

Mazamorra

Deja los granos de maíz en remojo toda la noche.
Ellos desbordarán su carne mientras tú 
duermes, o sueñas, o gozas.
A la mañana siguiente, cuando los que esperan de ti el alimento se hayan ido, ponlos a cocinar.
No te pido que los coloques en un cuenco de barro
ni que los hiervas sobre un brasero en el patio,
porque esos sortilegios nos han sido vedados.
No tengas miedo: los granos no excederán su punto fácilmente. Y en cambio, ten paciencia: les llevará tiempo hacerse tiernos.



Arroz con alcachofas
El aceite borbotea en la sartén. Allí he echado dos alcachofas acuchilladas. He convertido a esas flores antiguas en corazones abiertos, en carne viva.
Me he dedicado después a esperar que largaran la sangre o el sudor, según se mire.
Luego he reducido una cebolla grande y llena de luz, a polvo, a jugo, a numen. Y otra vez he llorado.
Pero tan poca cosa no me amedrenta. 
Me zambullo, con el jugo y las lágrimas, en el aceite hirviente y cuando todo se impregna, paso una lluvia de arroz de la caja a mi mano y de mi mano a la sartén en donde bullen los zumos del dolor y de la dicha.
Y puedo esperar que los granos se hinchen. Sé que soportarán (igual que yo) una hinchazón tres veces superior a su tamaño. Sólo hará falta agregar agua o caldo, un baño que les permita transitar por el infierno de la hornalla.


Tallarines al pesto
Es condición indispensable que se acompañen
Con un vaso de borgoña. Pueden ser comprados en la fábrica de pastas, pero no hay como los hechos en casa en un día de invierno. Estirados hasta dejar pasar la luz. Colgados a secar de los espaldares de las sillas como los relojes blandos del cuadro de Dalí. Arrollados, prietos, sobre el mármol de la cocina. Cortados en cintas finas, tan finas que los dedos peligran. Abiertos luego, aireados por las manos llenas de harina. Son tan tiernos que apenas llegan al agua se desmayan y hay que colarlos pronto y cortarles la quemazón bajo el chorro de agua fría. 
Por eso, antes de cocinarlos es preciso hacer el pesto. Desflorar una cabeza de ajo, apretar cada diente hasta hacerle saltar el pellejo. Una vez limpios, una vez lisos, apretarlos con el canto del cuchillo hasta hacerles perder la verga verde que se repite e inflama las entrañas. Después hacerlos papilla, picarlos hasta la exasperación. Cuando se hayan convertido en puré, reducir a zumo un ramito e albahaca que habremos cultivado en la maceta del balcón o en el jardín de la vecina. Mezclar ambas esencias en el fondo de un tazón. Inundar esa fragancia con un chorro de aceite de oliva y descender con todo al océano de la fuente.

Tríada poesía, enero de 2006

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