sábado, 4 de octubre de 2014

María Malusardi


Tríada poesía, febrero de 2006



Bitácora

No hay nada más difícil que hablar acerca de uno mismo. Y regreso a aquello que dice Clarice Lispector sobre la escritura de ficción, y que cité ya en la poética: aquella escritura transfigurada, sea poesía o prosa, es un modo de acercarse a la comprensión de uno mismo. Por lo tanto, la biografía de uno habita, más o menos velada, según el caso, en la obra. Insiste la voz de esta gran autora brasilera: “Las palabras me preceden y sobrepasan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas se dirán sin que yo las haya dicho”. Esto sucede inexorablemente con la escritura en relación a la vida de uno, en tanto autor.

Puedo citar algunas cuestiones curriculares tales como que soy periodista, y agrego que la literatura es mi modo de estar de una manera tolerable en el mundo, en este mundo: “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”, acertó Cesare Pavese.

Escribí muchísimo más de lo que publiqué, por cuestiones obvias: es poco lo que uno puede rescatar de lo tanto que escribe. Cada paso en la escritura es, primero que nada, una búsqueda, un boceto, un intento incipiente de expresión. Luego, con trabajo y permanencia, llega lo demás.

Mi primer libro me sigue generando desconcierto. Lo escribí y publiqué a comienzos de mis 20 años y se llama Payaso rojo. Aunque ya entonces tenía clara conciencia de la responsabilidad que implica el trabajo con el lenguaje, este librito apresurado apenas lo reconozco, apenas valoro. Y sin embargo lo cito, quizás a mi pesar, en las solapas de mis otros libros, porque lo considero parte esencial de mi proceso, el primer envión hacia lo que vendría después, muchos años después. ¿Un pecado de juventud? ¿Un error necesario? Suelo nombrarlo, también y fundamentalmente, porque fue Javier Villafañe, mítico poeta y titiritero, quien me impulsó a publicarlo y quien, generosamente, le dedicó un pequeño prólogo que ha quedado impreso para siempre en la contratapa del libro. Javier vio más allá y esa fue su mejor ayuda. Ni la herida gratuita a una joven iniciándose, ni la mentira, otra forma de la impiedad. Simplemente percibió un potencial que luego se desarrollaría con tenacidad, voluntad, dolor y paciencia.
Escribí cuentos, alguna vez, y amé –y amo- ese género como lectora. Luego abandoné su escritura. Personalmente, no encuentro un sentido profundo de expresión en la prosa; no me incita, la narrativa, a hundirme en el lenguaje de la manera en que me es reclamado desde dentro. La poesía surge de mí como agua termal, la prosa se me ha tornado algo difícil; ya no llega.
Creo ser una buena lectora, en el sentido amoroso y crítico. No elijo mis lecturas de acuerdo a los géneros: todo me interesa si concentra lo que busco, lo que estoy necesitando como lectora. Me preocupan más el reino del lenguaje, la mirada sobre el mundo y la hondura filosófica que un apropiado argumento, producto de ingeniosas construcciones. Ciertamente, la poesía es un género que leo de manera ininterrumpida. Es un foco de investigación y de búsqueda, no sólo un merecimiento hedonista. Soy caótica y autodidacta. No me jacto. Por el contrario, me entristece no haber podido sostener con la misma rigurosidad que sostuve la escritura y la lectura, un estudio académico. Sé que he perdido mucho por el camino. Lo intenté –y quizás insista- en varias ocasiones, pero fracasé cada vez.
Poco a poco me fui convirtiendo en periodista y poeta. Y aquí estoy, siempre inconformista, rebelde ante mí misma, insatisfecha de lo que vendrá, antes de que llegue. Siempre urticante, exigente y compleja a la hora de escribir. Pero nunca paralizada, jamás. La parálisis puedo vencerla, puedo combatirla con la necesidad de escribir. Porque si no escribo me muero de golpe y, la poesía, insisto, es una manera de ejercitarse –prepararse- con lentitud y cuidado, para la muerte: con mayor o menor consciencia, es un proyecto en sí mismo.
Nací en Buenos Aires y estoy a punto de cumplir los cuarenta años. Sin duda, un momento de inflexión que cabalga entre la maravilla de la madurez justa y la violencia que genera la cercanía de la vejez. Todo, ahora, es más inminente.
Publiqué, en 2001, “El accidente – Mosaico de familia”, que contiene dos libros dentro: “El accidente” y “El ojo del mundo”, una selección rigurosa de mis poemas más viejos.  En 2002, la editorial Alción editó “la carta de vermeer” y en 2005, la misma editorial, “variaciones en la niebla”.
He terminado recientemente un libro cuyo título es “diálogo con pescadores” eincluye “antígona o la derrota”. También anda flotando “museo de postales”.Y trabajo, en este momento, un poema extenso fragmentado, como los dos anteriores (“variaciones…” y “diálogo…”) cuyo título es, hasta el momento, “ejercitarse en morir”.
No tengo mucho más para agregar, sino pedir disculpas por hablar de mí misma. Espero haberlo hecho con humildad y, cuando hablo de humildad, lo hago en el sentido en el que lo decía, y otra vez cito con perdón, la maravillosa Clarice Lispector: “me refiero a la humildad que viene de la plena conciencia de ser realmente incapaz”.



Poesía

Hace años que llevo un diario íntimo, pero de poéticas. Diario de poéticas: así lo he titulado. Allí no apunto mis experiencias prácticas de la vida cotidiana, sino mis experiencias con la poesía, con la escritura y la lectura. Especialmente, he ido apuntando y entrelazando textos ajenos, a modo de caótico ensayo. Y durante los últimos años he registrado, en particular, el proceso de escritura de mis poemas, como una búsqueda hacia mí misma, para comprenderme en ese proceso con el lenguaje. A propósito de esto, me identifico con un texto de Clarice Lispector: “Mis intuiciones se vuelven más claras con el esfuerzo de expresarlas con palabras. Es en este sentido, pues, que escribir me resulta una necesidad. Por un lado, porque escribir es una manera de no mentir el sentimiento (la transfiguración involuntaria de la imaginación es tan sólo un modo de llegar); por otro lado, escribo por la incapacidad de entender, si no es a través del proceso de escribir.”
 La escritura, en esta instancia de mi vida, no es inocente, despojada de la idea del lector, pero ciertamente estos apuntes del Diario de poéticas son eso, apuntes para mí misma. Por ejemplo, en momentos en los que se me pide una poética, como ahora, apelo a las más de trescientas páginas y allí busco ese rejunte obsesivo y abigarrado de citas ajenas mezcladas con mis propias reflexiones, improvisadas por lo general.
En las variadas voces de los poetas encuentro, a modo de señales intrigantes que conducen hacia algún sitio desconocido, mi/s propia/s poética/s.
Una vez, me invitaron a participar en un congreso de literatura en la ciudad de La Plata. Me habían ubicado en una mesa en la que debía exponer un texto sobre “la verdad de la ficción”: ese era su título inclemente. En ese momento, apelé con una cierta desesperación –dado que no acostumbro a preparar trabajos de esta índole- a mi Diario de poéticas. Así construí el texto que sigue a continuación y que responde, de algún modo, a lo que también me ha sido pedido para Tríada: una poética personal. Como el tema es arduo e interminable, decidí transcribir, en este espacio, ese mismo texto que da cuenta, quizá de manera fragmentaria pero significativa, de lo que es la poesía para mí.

“La verdad de la ficción”: Poesía y verdad
“El arte y la literatura como vías de acceso a la realidad y a un saber único e inigualable”.

La literatura no me interesa, pues, profundamente, sino en la medida en que ejercita el espíritu en ciertas transformaciones: aquellas en las que las propiedades excitantes del lenguaje juegan un papel decisivo.”
 
                                                 
 Paul Valéry
 
 Ante la exigencia que me genera este título, me permito la digresión, o la evasión, si se quiere evitar el eufemismo, del tema. Hablaré del tema escapándome de él, al menos en los términos en los que está planteado. “La verdad de la ficción” no es un título que me compete, porque no me competen ni la teoría literaria ni la filosofía. No sería serio de mi parte desarrollar algo que requiere de un tiempo considerable de estudio, de investigación y de escritura. Entonces, me pregunté, ¿qué es lo mío y cómo puedo relacionarlo con este título, ya que azarosamente estoy en esta mesa y debo intentar algo con cierta responsabilidad? Y me respondí que lo mío, en principio, son la poesía y la escritura como expresión, preocupación y necesidad. En síntesis, me interesan, me intrigan, me deslumbran, me inquietan, siempre, la escritura, la palabra, el lenguaje y la sospecha de que su paroxismo se alcanza en la poesía. Estas son mis verdades, para utilizar una de las palabras propuestas en el título de esta mesa, o más bien esta es mi pequeña e íntima verdad. ¿Pero mi verdad para qué? ¿Para qué la verdad de la poesía, la palabra, la escritura? El para qué pareciera siempre desprenderse de la boca de un niño, como un inexorable, y a la vez permite, desde esa misma libertad infantil, respuestas no lógicas. Respuestas, entonces, libremente poéticas.
          
 
¿Para qué, entonces, la verdad de la poesía?

Para aproximar. Para sobrellevar. Para creer. Para destruir. Para apropiarme del dolor. Para embellecerlo. Para conocer. Para ahondar. Para humedecer. Para descansar. Para reaccionar. Para vivir. O más bien para ir hacia la muerte:
 …se podría decir que escribir poesía es también ejercitarse en morir”.(Joseph Brodsky)
La verdad poética reside en la experiencia inefable que puede producirse con, y en, la palabra: Aún surgen las palabras bordeando sutilmente lo indecible”. (Rainer Maria Rilke)
       
La poesía enciende lo inhabitable.

Rilke ahonda “la huella/ del murciélago rasga la porcelana de la tarde.” No es el animal sino el atisbo de su paso, no es la brutal presencia ocupando voluminosamente un espacio, sino la fragancia de sus hábitos. Eso es para mí la poesía. René Char completa: “Un poeta debe dejar huellas de su paso, no pruebas. Solamente las huellas hacen soñar.”
La poesía es la huella del soñador, el modo de caminar del poeta. La palabra es la huella de la poesía. La huella es la poesía del camino.
 Pero en el camino siempre se encuentra la tragedia.
 “¿Quién
dice que se nos murió todo
cuando se nos quebraron los ojos?
Todo despertó, todo comenzó.”
Paul Celan
 
 El poema resucita -el poeta resucita-, se renueva en el lenguaje, aunque anuncie lo asesinado, lo perdido. Porque en el mismo acto de anunciar hay regeneración, ilusión, belleza, renacimiento.
 Paul Celan va detallando, a lo largo de su poesía, que la palabra es el hilo que sutura la nieve imposible. La piel de los hombres es el depósito del hierro caliente. La piel de los hombres es de nieve y eso lo hace todo más soportable. La nieve de la palabra. La palabra poética, aun en las peores circunstancias, es la única salvación. “Hacer poesía es en sí mismo una salvación”: otra vez mi infatigable Clarice Lispector, porque ha sabido reconocer a lo largo de su obra este privilegio de la palabra.

Otras poéticas:
 René Char: “La poesía es el reflejo que menos se demora bajo los puentes”. Porque es un destello revelador, un impacto al corazón, una bala encaprichada con el eco triste del canto.
 
 Sylvia Plath:
“El chorro de sangre es poesía:
No hay forma de cortarlo.
Tú me alcanzas dos niños, dos rosas.”
Plath se va en la poesía, su cuerpo es una hemorragia que logra transformar en poesía, un contraste de huesos secos contra la flor mojada del hijo naciendo. La poesía se produce en ese contraste, en esa tiranía dolorosa de opuestos.
 
 María Zambrano:
La poesía es un abrirse del ser hacia adentro y hacia fuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la oscuridad. Nada que agregar.
 
 ¿Buscamos la verdad en la poesía, al escribirla, al leerla, al ejercerla en toda su amplitud? Roberto Juarroz aporta algo interesante al respecto: “Lo que la poesía busca no es el confortable recurso de una respuesta, sino algo mucho más grave y más importante para el hombre, que es, ante la imposibilidad de respuestas, crearle presencias que lo acompañen. La poesía crea, no soluciones, no fórmulas, no recetas fáciles para la vida, sino compañía para la vida.”
 Ir trenzando a modo de diálogo interno las poéticas de los mismos poetas es una tarea fascinante e infinita. Una hermosa batalla eterna. Una búsqueda insaciable de verdades que se interrogan.
 La poesía es un camino, una elección, un modo de flotar con todo el peso del mundo sobre uno. La poesía es paradoja y la paradoja es una verdad posible para alcanzar la intranquilidad, es decir el conocimiento, el saber, ese distraerse de la muerte, diría Bataille, pero con alto vuelo y rozando siempre la belleza. A tal punto que, como escribió Char la poesía robará mi muerte.”



Autores
Elegir tres poemas. Tres poemas de tres poetas. ¿Con qué criterio acotarse tanto a uno mismo para, en un principio, ofrecerle a un lector los gustos propios como un otro lector?
No es sencillo. Porque son muchos los poetas importantes para mí. Poetas que han marcado un momento de la vida. Poetas de ayer y de hoy, y tan diferentes. Yo podría decir que Paul Celan, leído en todas las traducciones posibles porque carezco del alemán, ha sido fundamental para mí. Me ha cavado misteriosamente. Me ha cortado el aire. Me ha obligado a permanecer en él por siempre. También, aunque de otro modo, Rainer Maria Rilke y Fernando Pessoa. Pero no voy a poner un poema de Celan, porque no hay un poema sino una obra entera. Lo mismo con Rilke y Pessoa.
Luego están los poetas que me han acompañado y me acompañan aún, como Juan L. Ortiz, César Vallejo, Luis Cardoza y Aragón, Eugenio Montale, Jorge Luis Borges, Yves Bonnefoy, René Char, Quevedo, San Juan de la Cruz, Pedro Salinas, Miguel Hernández, Antonio Gamoneda, Edgar Bayley, Susana Thenon, Marianne Moore, Emily Dickinson, Paulina Vinderman, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvietaieva, Anna Ajmatova, Henri Michaux, Bernard Nöel, Juan Gelman, Joaquín Gianuzzi, Manuel Castilla, Francisco Madariaga, Roberto Juarroz, Leopoldo Teuco Castilla, Jorge Boccanera, Anrnaldo Calveyra, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas, María Negroni y aquí me detengo por la lista es interminable.
En esta ocasión, me quedé con Giuseppe Ungaretti, porque es uno de los más grandes y de los que más he necesitado aprender. Luego quiero rescatar un poeta que significó mucho para mí en mis comienzos y que, considero, sigue siendo uno de los más maravillosos de nuestra lengua, por sus imágenes, por su despliegue, por su intensidad: Enrique Molina. La tercera poeta elegida es Olga Orozco: no hay demasiado que decir más que su poesía resulta insuperable y bella.




Poemas de María Malusardi



De "El accidente (Mosaico de familia)"
Ed. Mascaró, 2001


 
la desazón después el beso
en ese orden aparezco en el mundo
una madre es un piano triste
el primer accidente una madre adentro de otra madre



la rueda aplastó el amor
(ya no pregunto por mi accidente)
entre la cara y el suelo
flota lo perdido cuando nos besábamos
es región de la nada la boca contra la boca



me daba pena la vaca en el pupitre
no tenía dedos para la tiza
ni una voz sutil ni un moño
ningún vestido le entraba sólo
un guardapolvo blanco hecho a medida
la diferente la de anteojos la que concentra
en el submarino de sus ojos minados
la humareda de los niños en el aula



las mujeres de la familia nos parecemos
dos abuelas mi madre y yo
somos una de ojos mezclados
en mí derivamos
cada vez que alguna muere
me ensancho
soy
la tumba de todas



mi madre reunida en el adoquín
mi padre enredado en la velocidad de la luz
yo dentro de mi vestido
en el borde de la ruta
en el marco de la ventana
reviso
cuento las edades del rocío
jamás
repartiré mis propios hijos por el mundo




De “la carta de vermeer”
Ed. Alción, 2002

 
 “precicipios” (parte I)

hay una niña en la cebolla que amanece
y llora el sol
es indefensa
desmesuradamente opaca:
se me acorta el itinerario en cada
esquirla en la memoria



se ama ese vaivén esa síntesis
de pertenecer y no
a una casa a un animal a un accidente
se ama esa manera de huir
                                               dinamitarse el corpiño
recuperar añicos de pezones en la lluvia



esas mujeres que hunden sus ropas en los ojos soy yo
abrazo hijos
reflejados en las ventanas de vermeer
hay cansancio en la lechera
laúdes que el siglo ampara la cuerda rota
partos amasan el pan del día
fetos enlutados en la rueca del desteje



en la almendra demasiado triste de paul celan
la palabra circuncidada nombra
al inhabitable:
aceite seco en tanta mirada hermosa y destructiva
abarca dedos de manos cortadas
no tiene maternidad
el inhabitable
                           ni balanza
para pesar la tristeza de la almendra de paul celan
un número debajo de la nieve
                               las crines
                              de paul celan
                                                            en el alambrado
 a Marcos Rosenzvaig



 
no ignoro el precipicio del lenguaje donde reconstruyo
mi íntimo holocausto


 
tristeza de cuerpos infantiles en la palabra
no saben los padres:
entre la nieve y la teja la muerte
es un poeta umbilical
inacabado



la bicicleta azul prolonga mi vestido
pedaleo
las vueltas se repiten alrededor del nogal
ramaje y nueces derraman padres rotos
pedaleo
la mariposa atrapada en la rueda sangra el arco iris



hay hormigas en mi cocina evoco
a marianne moore
la poeta
han cavado entre los libros la tumba la seda del verbo
salieron en procesión degradando
adverbialmente el caos de mi alacena no han podido hacer
del azúcar
el sueño de un caballo
                                       a mí
me raptaron
                          me besan con dolor



la sintaxis familiar descansa en la
fragmentación del cuerpo:
                              la poesía infierno de mis partes así somos
                              las palabras



estoy sola cuando me abrigan
vas a morirte me dicen y el clave bien temperado
de bach se interpone
sobrevivo desde siempre a esta brújula rota



a cuatro manos me reciben mis abuelas
                                                                          pianísticamente
lloran
quién sos
me preguntan mientras bailan




 
no me reconocen
                                        retocan con sus labios mi sombrero
                                        o mi encrucijada
me relamen como gatas me preparan
para estos montes sin sentido ni pájaros



entre el sauce de juan ele y las seis llagas
de paul celan mi biografía apunta a la disolución
estigma debajo del estigma
las hojas derraman sobre la estrella al único poeta
agua del paraná refugio del judío y del solo
tanta pluma para una sola ciénaga


 
para comprender un girasol en la realidad
será indispensable
en adelante
recurrir
 a van gogh:
                                          dice artaud
para una ventana y el sentido
de una carta bajo esa luz entre las manos abismars
e
en vermeer



él dice no son agujeros
son precipicios
los que desprecian a la muerte no se encaman
él transita mi pubis escenifica el grabado de otto dix
la guerra fundió la historia
juntos decimos
el presente es borde lo demás
precipicio



 “peligros” (parte II)

menta mi cuerpo no es caramelo sino granada
blanco sobre mí así me soñaste
sobre vos ahondo cuando duermo
allanamiento de fetos nos irrumpe
                                                               cuna de cuchillos
no fabrican más que dulces
y son fuego
desmesuras
balazos en la boca



cúmulo de bocas en racimo de adorada venganza
el capricho de los poderosos no es beso
es
perforarme en nombre del peligro para mejor
para vos mejor claman en mi incendi
o
                                                                            deshuesan
mi poema



la enfermedad está en el sueño
                                                      un hijo
en la quemadura tiembla el peligro de nacer
el avión se incrusta
                            mi vagina
                                                       pan de cuerpos
ya no tengo versos que corregir ni incendiar
matanza es humanidad sin límites



un desorden de viento
somos lluvia
                          mujeres desde misiles
los pechos
                          estallan
la boca del bebé: campo de vejación
piel
envoltorio de cardos
a qué renunciamos para no querernos tanto



en la púa quién no deja la cabeza
los niños toc
an acordeón
                                             desde su ahorque
el único murmullo el mismo tren
del cuarentaycinco hacia atrás todo vuelv
e
                                                                       i
nundación y dedos
cortados sobre la mesa peces clandestinos
se atreven al destripe
peligran
                  cavan
mi cuerpo deslechado



 
De “variaciones en la niebla”
Ed. Alción (2005)
(fragmentos)


        debajo de la cama caballos destripan el polvo desnudan la niebla

 


 clava su mito (la lentitud de la niebla es agresiva) un animal empuja hacia un ritual de cucharas y de humo



 

en la niebla no nos perdíamos estábamos simplemente abiertos al roce de la montaña desesperaba la ropa en la caída



 

un día el dolor no pasó no había cama no había dónde saberse horizontal era algodón en el dibujo de la infancia rulo de oveja para descansar los dedos humo: no era un matiz apenas era beberse a sorbos la mirada


 


 sólo avanzo hacia mí dejándome animal tendido sobre la palabra


 


 en esta escena de mí contra mí voy de la niebla hacia la niebla



 

 hacia dónde si no hay qué futuro recordar qué devenir del pasado: este nudo de ovejas desordena el tiempo de mis ojos



 

en el fondo de la niebla donde es el crujir del barro y la liviandad ha perdido su pureza la niña pregunta cómo es que vamos a morir nosotros si nos vemos nos queremos jugamos al ciempiés pregunta: es el fin? como nadie hay para inquirirme quedo allí suspendida en la poesía



 

 no hay tiempos en la niebla oprime el verso libre o la elegía acongoja el desencuentro incomoda la serenidad de nuestras llagas




 

también amar en la niebla también la red de seres unidos a mí seres conforman mi cuerpo lo anteceden lo precipitan lo sostienen hunden el proceso vacilante oscilante indeciso mi cuerpo vaivén de tropas sacándome del camino



 

aquí peligro?: rociar la niebla con la palabra del poeta peligro: nacer de nuevo y con estos mismos ojos derrumbarme



 

 elijo la niebla entre descendencias posibles: una confusión de hules en territorio de cebras desbocadas: la belleza circular del estertor



 

en el centro de la hostilidad el amor a la muerte una dicha de pocos: lo negro dentro de esta madre o montaña busco desesperada la traición del contraste: un tren hacia la niebla vaciándome



 

pierdo porque no he sabido ser destello en la gran estación y en el borde de la mariposa descansar o morir



 

me demoran niños en la niebla soy mi propia trampa puedo desclavarlos del mito retornarlos a la suave disolución en el barro entre mis brazos los condeno a mí rememoro en la tristeza el canto de las dunas: así lloraban las ranas mi humanidad



 

si no llega es porque en el camino si uno se va no vuelve si va a la niebla no de la niebla si uno del viaje no vuelve descarrila uno en el camino cada vez



 

parece soñar pero es morir parece boca pero cicatriz vestido
pero violación reloj pero pérdida parece hijo pero tragedia
inundación pero ojo parecen zapatos: son muertos



 

 entro (entramos todos) trepo a la inmensidad de resistir es una abeja en la página el sentido de la niebla la puntuación a destiempo como recorrer el mundo a los saltos fragmentos repatriados esa mítica condena la incompletud



 

será la hora? el bostezo del camino donde me disipo de un resto inalcanzable ésta es la boca del tiempo: incesantemente el extravío resucita el devenir



 

será? no hay hora posible en la niebla no hay instante sino estallido la única espera la maldita eternidad de no saber


Tríada poesía, febrero de 2006

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